sábado, 3 de octubre de 2009

Acá cerquita...

Agarro la bici y salgo con rumbo conocido, casi siempre. Me espera mi mamá con los mates calentitos y algún bombón para comer. Me disperso en el camino con las calles desiertas del pueblo mientras abrazo el viento, o el sol, o las hojas del otoño. Saludo a cuánta persona veo, la conozca o no. Me disperso de nuevo, fijo mi mirada en la soledad de la calle, desde donde comienza hasta donde termina, nadie.
Llego a la esquina, doblo:
-Hola cómo estás?-me pregunta algún conocido
-Muy bien y usted?- le contesto mientras bajo el volumen de la música.

Sonrío cuando me imagino alguna ocurrencia, se me ilumina la cara cuando veo alguna sonrisa querida, algún amigo. Cuando no, me pregunto si alguna vez nuestros caminos se cruzarán.
Antes de abrir la puerta, apago el ipod y en cuanto entro mi mamá me dice:
-Sos vos Sonia?
-Si! – le digo- cómo supiste?
-Porque silbaste cuando entraste!
-Yo silbo cuando entro?
-Siempre-me dice
Ni siquiera me daba cuenta que lo hacía.
-Estás cansada. Viniste en bici?-me pregunta
-Si- le digo
Después de unos mates e intercambio de información familiar, cómo quién está enfermo, quién viajó, qué de nuevo pasó en la casa, etc, se me ocurre algo disparatado de contar, cómo lo mucho que me gustaría conocer Asia o París, algo nuevo que descubrí, o que me quiero ir a vivir al campo, algo nuevo que estoy estudiando, o un sinfín de preguntas para saber su opinión. No sé porque lo hago, es como silbar, me pasa sin que me dé cuenta. El temple de ella escuchándome las locuras, yo poniéndole pasión y mi papá que va y viene de la cocina al teléfono, sin tomar un mate nunca.
-Caliento más agua?
-Bueno, pero en un rato me voy-le digo
Siempre tengo algo que hacer. Le detallo todo lo que voy a hacer en los días subsiguientes y me levanto.
Ella me acompaña hasta la vereda, hablamos de las plantas, me entrega algo para traer a casa, nos despedimos, me pongo los auriculares y vuelvo, casi todas las veces, a casa.

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