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jueves, 19 de mayo de 2011
miércoles, 18 de mayo de 2011
sol
el sol del valle calchaquí, tan claro y límpido como tu sonrisa, tan puro como tus labios, tan fuerte como tus abrazos; que no sea cruel tu querer y me consuma con sus rayos, que no dañe mi corazón que te ama limpiamente y sin condiciones
viernes, 6 de mayo de 2011
martes, 22 de marzo de 2011
lunes, 7 de marzo de 2011
jueves, 3 de marzo de 2011
Hey princesa. Hambre de chocolate (sobre el día que te conocí y cuando te ví la última vez)
Te conocí (aunque ya te había visto antes) en una siesta de invierno. Vos hablabas fuerte y de manera arrogante, haciéndome comentarios despectivos. Parecía que tenías mal genio, disimulado con una sonrisa encantadora y atrapante. Tu cabello estaba arreglado al pasar y tu voz era particular, intercambiabas palabras con los demás mientras movías las manos. Yo estaba nerviosa y era bastante tímida, te odié, por lo menos por varios minutos, obviamente por tu forma de actuar. Eras muy orgulloso y habías cambiado desde aquella vez que te ví. Los primeros minutos de aquél viaje presagiaban una pesadilla, ninguno de los dos emitió palabra hasta el minuto número 7 u 8, o tal vez 5, tampoco me acuerdo quién fue el primero. Se borraron de repente tus pretensiones, y tu sonrisa, la misma que me mostró indiferencia, parecía ampliarse con cada gesto que yo hacía. Los árboles que corrían al costado de la ruta, yo que me empezaba a sentir mareada, tal vez por tu cercanía y tu espontaneidad extrema. No importa si yo decía algo brillante o tonto, corrías a hacerlo o a buscarlo. Seguías hablando muy fuerte.
Hacía frío, siempre hizo frío; el invierno nos encontraba por segunda vez y yo me refugiaba en tu pecho y en tus ojos. Tus manos describían un mapa particular que yo no solía leer y hablabas de cuanto faltaba para la despedida, sobre todo cuando nos invadía el silencio y vos me mirabas sin decir nada. Aprendí a hablarte y me encontré, me corregías con un pellizco en la mejilla y creo, que lo asimilaba. Ah y los días iban pasando, a veces no hacía frío porque estábamos al abrigo de algún lugar en un pueblo, en algún viaje o simplemente juntos bajo el cielo y la helada. En esos días, no dormíamos casi nunca. Teníamos el sol de la siesta, el campo y un poco de viento norte. Tu tiempo era para mí y yo pensaba que para siempre.
-Hey princesa, no te olvides, si? Sí, eran precisamente ésos días los que nos pasaban por encima. Y fuiste cruel cuando te dije que no iba a poder verte por última vez, no porque no quisiera; y esa tarde te parecías a cuando te conocí, pero peor. Me acerqué y me hablaste, pasamos el resto del día juntos. Te gustaba mi poesía y le hablabas a mis ojos. Esa noche había muchas estrellas y prometiste llamarme cuando llegaras. Creo que seguía haciendo frío y yo volví a mi casa.
Mañanas, tardes, noches, días, semanas, meses, años después, la última vez que te ví, estabas parado en la vereda de una ciudad desconocida, el cielo estaba un poco nublado y la sal del mar estaba en el aire mientras yo salía literalmente corriendo, por la hora, porque se me hacía tarde, vos me decías algo y no puedo olvidarme de la manera que te quedaste ahí mirando mientras yo daba vuelta la esquina. Respiraba melancolía, la atmósfera estaba rara, quería volver al lado tuyo, sabía que no ibas a seguirme. Se me hizo tardísimo y me costaba pensar, me costaba dejarte, porque parecía eso, la última vez que te ví. Me dolía el alma, estaba agotada y mientras el ascensor subía, me senté a llorarnos.
Hacía frío, siempre hizo frío; el invierno nos encontraba por segunda vez y yo me refugiaba en tu pecho y en tus ojos. Tus manos describían un mapa particular que yo no solía leer y hablabas de cuanto faltaba para la despedida, sobre todo cuando nos invadía el silencio y vos me mirabas sin decir nada. Aprendí a hablarte y me encontré, me corregías con un pellizco en la mejilla y creo, que lo asimilaba. Ah y los días iban pasando, a veces no hacía frío porque estábamos al abrigo de algún lugar en un pueblo, en algún viaje o simplemente juntos bajo el cielo y la helada. En esos días, no dormíamos casi nunca. Teníamos el sol de la siesta, el campo y un poco de viento norte. Tu tiempo era para mí y yo pensaba que para siempre.
-Hey princesa, no te olvides, si? Sí, eran precisamente ésos días los que nos pasaban por encima. Y fuiste cruel cuando te dije que no iba a poder verte por última vez, no porque no quisiera; y esa tarde te parecías a cuando te conocí, pero peor. Me acerqué y me hablaste, pasamos el resto del día juntos. Te gustaba mi poesía y le hablabas a mis ojos. Esa noche había muchas estrellas y prometiste llamarme cuando llegaras. Creo que seguía haciendo frío y yo volví a mi casa.
Mañanas, tardes, noches, días, semanas, meses, años después, la última vez que te ví, estabas parado en la vereda de una ciudad desconocida, el cielo estaba un poco nublado y la sal del mar estaba en el aire mientras yo salía literalmente corriendo, por la hora, porque se me hacía tarde, vos me decías algo y no puedo olvidarme de la manera que te quedaste ahí mirando mientras yo daba vuelta la esquina. Respiraba melancolía, la atmósfera estaba rara, quería volver al lado tuyo, sabía que no ibas a seguirme. Se me hizo tardísimo y me costaba pensar, me costaba dejarte, porque parecía eso, la última vez que te ví. Me dolía el alma, estaba agotada y mientras el ascensor subía, me senté a llorarnos.
lunes, 17 de enero de 2011
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